lunes, 1 de abril de 2013

Quito (el regreso)





hace un par de semanas que recorro las calles de Quito, o mejor dicho,  que, literalmente, las camino.

Los plazos se cumplieron luego de que, paso a paso, fui armando el regreso. Fueron treinta y dos años de andar esa tierra chilena que me acogió, diez más que los que viví en Quito, allá donde nacieron mis dos soles y donde aprendieron a volar solas. Donde la vida me dejó tejer afectos, cariños y amores de esos que no mueren en el tiempo ni con las distancias porque se forjaron fuertes, con lazos indestructibles.

Ahora camino en  mi ciudad y pienso en ella, en sus problemas y en su gente. Me sorprendo por la amabilidad de la gente y ese incansable saludo con el que en todas partes alguien recibe "como está, como ha pasado" que brota con una sonrisa sin siquiera conocerse y que inaugura el intercambio de palabras para dejar ese sabor cálido de gente aun preocupada por el otro.

Me dejo llevar por el sonido de esa lluvia que unos días parece traída por el otoño y que se acompaña del coro de sapos de los jardines contiguos, para, a la mañana siguiente, dar paso a un sol radiante cual primavera.

Empezar de cero, sonaba tan distante y ahora es real, pero ese empezar viene con códigos propios, con códigos adquiridos y otros más por sumar y ese es el desafío. Los afectos del sur del mundo me acompañan, los cariños dan fuerza y mis soles, una al sur y otra al norte de la mitad del mundo son la fuerza que está presente en cada espacio, en cada flor, en cada paso nuevo en esta ciudad...